Hace 25 años, lo que para nosotros significaban conceptos como transparencia, democracia, derechos humanos, equidad, género, discriminación, era algo muy distinto de lo que es ahora.
Por poner un ejemplo, cuando hablábamos de discriminación, pensábamos en el aparthaide en Sudáfrica, en los barrios negros de Nueva York o en la Alemania Nazi. Nunca en México. Nunca en nuestra sociedad.
Cuando hablábamos de transparencia pensábamos en un objeto que nos permitía ver a través de él, como una botella de vidrio, y cuando hablábamos de derechos humanos, pensábamos en la tortura y en los regímenes dictatoriales autoritarios.
El mundo ha ido cambiando, casi sin darnos cuenta, y los tratados internacionales han promovido una visión de problemas y situaciones que antes no veíamos; nos eran virtualmente invisibles, porque nos parecían normales.
Así era como eran las cosas; los padres les pegaban a sus hijos para educarlos, algunos maestros también, la servidumbre y los parientes pobres comían en la cocina, a todos los soldados los llamábamos Juan, y a todas las indígenas María. Nuestros modelos eran así.
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